José Antonio Alonso Muriel (Oñati 1974) es Diplomado en Biblioteconomía y Documentación por la Universidad de Salamanca. Durante varios años ejerció como profesor de español como Lengua Extranjera en Rumanía. Una vida profesional ecléctica y su participación en diferentes movimientos sociales tienen reflejo en una narrativa directa y ágil a través de la que trata de recoger, siempre con un toque de humor, la realidad que nos rodea.
TRÁGICO DESTINO DE UN LAPICERO
No le gustaba nada tener que quedarse allí para hacer aquella videoconferencia. Es muy importante, había dicho Fernando malhumorado, que aclares de una vez este asunto con la gente de Nueva York. Este trabajo está en tus manos. Todo depende de ti, dijo mientras se colocaba la gabardina para salir. No la cagues, sentenció al cerrar la puerta dirigiéndole una amenazadora mirada por encima del hombro. Recordar la advertencia hizo que se sintiera un poco más incómoda en su silla aquella noche. Se recogió nuevamente el pelo con el lapicero y le dio una vuelta más para que no se soltara.
Las oficinas son espacios sin alma, pensó mientras contemplaba distraída los puestos vacíos a su alrededor y las luces apagadas. El silencio oscuro y frío solo era roto por el periódico chasquido eléctrico de la máquina de aperitivos y el lejano golpeteo de las gotas de lluvia sobre los enormes ventanales. Fuera, la oscuridad de la noche se abatía sobre el halo nacarado que brotaba del aparcamiento. La luz de las dos pantallas iluminando su cara apenas rellenaba, vacilante, la fantasmagórica planta del edificio de oficinas.
¿Por qué le había encargado Fernando que se ocupara de este asunto? Había técnicos mucho mejor preparados que ella. Para ella era algo nuevo, casi desconocido y tampoco sabía con exactitud los detalles de la propuesta ¿La estaría poniendo a prueba? ¿o simplemente buscaba un motivo para ponerla en la calle? No, eso no, eso no podía ser. La empresa estaba ganando con ella mucho más de lo que le pagaban. Esa no podía ser la razón. Pero entonces ¿por qué? ¿estaría intentando espantar con el rabo las moscas, como el diablo? No pudo evitar sonreír al acordarse de ese refrán que tanto le repetía su abuela de niña, en el pueblo.
El tono de llamada recorrió súbito e impaciente cada rincón de la planta. Recuperando la atención sobre la pantalla, se ajustó la chaqueta, comprobó de nuevo el pelo, frotó las manos y pulsó el botón verde.
Su cara apareció en la pantalla junto a la de las otras seis personas que compartían la videollamada. Los participantes habían elegido fondos diferentes. Aparecían sobre ellos recortados en un halo místico y tétrico a un tiempo. Prístinas cascadas, altos edificios bajo el cielo azul y bucólicos paisajes se mezclaban, en una composición irreal y absurda, con oficinas eclécticamente decoradas por alguna IA y logotipos corporativos. Todos eran hombres. Mientras algunos permanecían atentos a sus cámaras, otros giraban la cabeza hacia un lado y otro pareciendo conversar con personajes imaginarios. Los más seguían a sus quehaceres frente al ordenador, ausentes, como si realmente solo su espíritu permaneciera en la reunión.
Buenos días señora Castillo, dijo por fin uno de ellos. Había deformado sin disimulo la A y la O en el modo en que lo hacen los anglosajones, convirtiendo su apellido en una suerte de Kestillou. Ella conectó el micrófono y dijo buenas tardes mister Smith, es un placer…
De pronto lo sintió. Pudo percibir su presencia en la lejanía. Le pareció que se acercaba. ¿Sería posible? Decidió continuar. Quizá no era nada, una imaginación, una ensoñación propia del lugar y el momento, se dijo a sí misma.
Es un placer, siguió, poder estar con ustedes en esta reunión que espero que sea productiva para todos nosotros.
De nuevo sintió su ineludible y poderosa presencia. Esta vez cercana, acechante, estremecedora. Pero no, no podía ser, son imaginaciones mías, pensó… tengo que seguir como sea. Se retrepó nuevamente en la silla. Apretó las manos y continuó.
Veo que ha acudido con su equipo, Mister Smith. A pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, notó que su voz sonaba ya temblorosa, vacilante, insegura. Ellos lo habían notado también, estaba convencida.
Y sintió otra vez su presencia, inevitable, poderosa, cierta. No, pensó, esto no puede estar ocurriéndome. No a mí. No ahora. Sintió que quería levantarse y salir de allí, abandonar rápidamente la reunión y tratar de escapar como fuera de la acechante e inevitable realidad que inexorable, se acercaba.
No hubo respuesta a su último comentario. Mister Smith, miraba desconcertado. Los que estaban absortos en sus tareas, como autómatas, levantaron la mirada hacia sus cámaras. Todos esperaban una respuesta, una reacción, la continuación a una situación atascada, fallida, inútil.
Pero ella, paralizada, no podía continuar. Estaba atrapada y lo sabía. ¿Cómo me está ocurriendo esto?, pensó mientras hacía un último esfuerzo por mantener la compostura. Un escalofrío recorrió su columna. Ya estaba ahí. Sabía que, a pesar de sus esfuerzos, no podría zafarse de la violenta sacudida. No, ya no tenía fuerzas para oponerse por más tiempo. Comprendió la inutilidad de una resistencia desesperada, abocada al fracaso. La batalla había cesado incluso antes de haber comenzado. Se rindió. Bajó los brazos y por un instante apartó, vencida, su aterrada mirada de la pantalla, ante la desconcertada sorpresa del resto.
Un sonoro y rotundo estornudo salió disparado de su ser como sale el proyectil por la boca del cañón, decidido, imparable y rotundo, solemne y poderoso al mismo tiempo. El lápiz que precariamente sujetaba su melena, incapaz de resistir el brutal impulso, inerme frente a la cinética violencia del momento, saltó proyectado desde su atalaya para terminar estrellándose violentamente contra la cámara que, en precario equilibrio, abandonó el alféizar de la pantalla sobre la que estaba apoyada para caer con estrépito sobre la mesa. Liberada, su melena recorrió violentamente su cabeza de atrás hacia adelante para regresar y aterrizar sobre su cara, ocultándola sorpresivamente, bajo un caótico y abundante remolino capilar. Todo había pasado ya. La calma había regresado a la oficina. Volvía a sonar el chasquido de la máquina de aperitivos y se percibía a lo lejos el repiqueteo de las gotas de agua sobre los ventanales.
¿Se encuentra ya mejor, señora Castillo?
Sí, ya estoy mejor, dijo ella. Podemos continuar.

