Rafael Esteban Solá

Rafael Esteban Solá (Madrid, 1966) es licenciado en Filología Hispánica. Posee un Master en Enseñanza de Español como Lengua Extranjera además de una veintena de cursos de especialización. Ha publicado ocho libros y ejercido como profesor en cuatro continentes y una decena de países, enseñando lengua, civilización hispánica y literatura española en Universidades e Institutos de Secundaria. Actualmente trabaja en su Doctorado y en la finalización de la novela sobre India

Angustia en la red

No me van a creer cuando se lo cuente. Me dirán que me calle, que no les moleste con tonterías, que les deje amarrar el palangrero en paz y que me vuelva con el viejo a escabechar las caballas. O a fregar la cubierta del Aurora, que es para lo único que se piensan que valgo. Idiotas… Se imaginan que porque son mayores que ya lo saben todo. Estoy harto de que siempre tengan que llevar la razón, de que mis opiniones no les parezcan importantes porque eres un chiquillo, repiten. No se cansan de fastidiar, eres un chiquillo. Y se ríen de mí. No dudo de que los dos me quieren, por supuesto. Son buenos hermanos -a su modo- y en el arrastre los mejores del pueblo. Por eso me duele que nunca me hagan caso, que insistan tanto en mi poca experiencia y con ello desprecien de inmediato cualquiera de mis comentarios. Pero ya tengo dieciséis años, no soy el crío que se suponen. De ninguna manera. Ya no me caigo al agarre de los atunes más pesados, ni vomito al desatracar, y el ballestrinque lo anudo desde hace tiempo sin apenas ojearlo. Sin embargo, nada de lo que diga o se me ocurra les merece un mínimo interés, y dale con lo de eres un chiquillo, eres un chiquillo. Como si ellos a mi edad lo hubieran hecho mejor que yo, ja. Que me lo ha contado padre, que tuvo que enseñarles a faenar porque en la escuela se comportaban igual que un par de cafres y don Basilio le dijo que mejor que se los llevase al caladero y aprendieran el salabardeo porque con las letras no tenían mañana. Yo en cambio soy el tercero de mi clase y mamá dice que si sigo así cuando sea mayor iré a la universidad provincial. Jo, suena bien, no voy a negarlo, aunque… la cosa tampoco acaba de convencerme. Allí no hay mar, y ¿qué hago yo lejos del agua? Me temo que no soportaría vivir en la ciudad. Sin ayudar al viejo, sin olor a salitre en las napias, sin ver por la noche a los gatillos de la señora Paca devorar las espinas entre los restos de la cena. Sin mamá, sin padre… Sin ellos. Además, no podría irme sin antes demostrarles que están equivocados, que pese a su veteranía y a su destreza no lo conocen todo sobre el arte de la pesca. Se figuran que el océano no tiene secretos para ellos, que nada marino puede sorprenderles (tan listillos se creen). Han visto todas las gaviotas que existen, han sufrido todos los oleajes posibles, han izado de las profundidades todas las especies. Y se burlan. Como si no quedara nada por descubrir en el inmenso azul de nuestras vidas, y eso no es cierto. La realidad es mucho más compleja de lo que sospechan. Hoy mismo, justo hoy, sería capaz de demostrárselo. Bastaría con que me escuchasen por una maldita vez y consintieran en venir conmigo hasta la chalana del viejo. Es un paseo de menos de media hora, lo comprobarían por sus propios ojos. Se darían cuenta en seguida de lo injustos que son, de que no soy tan chiquillo como pregonan, y tendrían que pedirme disculpas. Sí. Admitir su ignorancia, respetarme, porque me lo merezco. Pero ignorarán mis súplicas y no querrán acompañarme, lo sé. Será inútil tratar de convencerles. No hace falta que me lo avise el viejo: olvídalo, son demasiado tercos. Eso dice, porque los conoce bien, desde que nacieron, y por eso sabe que continuarán a lo suyo sin oírme una palabra. Soy consciente de que no es fácil de asumir lo que ha pasado, no me engaño. A mí también me costaría aceptarlo si fuese cualquiera de ellos, porque aún no soy un adulto y, sí, suena a treta infantil más que a otra cosa, a un intento para llamar su atención, lo comprendo. Y sin embargo… lo que hay es lo que hay. No encuentro la forma de argumentarlo sin que me tachen de mentiroso, de ñoño. Pero si por una sola vez, sólo una, variaran de actitud y escuchándome accedieran a venir… Ay, me pregunto qué cara pondrían, qué dirían, cómo me mirarían.
Y es que, cómo les digo que hemos pescado una sirena y que está chillando atrapada en la red sin dejar de mover angustiosamente la cola.