Claudia Loayza · Polvo de estrellas

Autora con una excelente sensibilidad, dulzura. Posee una narrativa cercana que nos describe a cada uno de nosotros


Acerca de mí
Nací hace ya años, 62 para ser más exactos en pleno invierno, cuando la lluvia incansable no cesa y el olor a tierra húmeda impregna la ciudad de Santiago de Chile.
Sin embargo, he vivido más de la mitad de mi vida en Suecia, Estocolmo, ciudad que me arropa y abriga. Tengo dos patrias, habito en ellas con el mismo cariño.
Mi gusto por la poesía es de siempre, pero mi relación con ella ha sido más bien silenciosa. Tanto silencio he acumulado que las palabras casi se han quedado mudas.
Desde hace un tiempo una explosión de imágenes, emociones y experiencias bullen y pugnan por salir. También escribo relatos cortos, diversos, reales o ficticios.
Publiqué un libro de poesía hace años, sin pretensiones, sin editorial, dedicado a mi madre intentando desde la simpleza, desde mis imágenes, acercarme a la gente, a la vida y sus emociones, a las sombras y luces que me habitan y quieren parir a través de la escritura.
Me atrevo en esta oportunidad a compartir mis relatos con el deseo de lograr con ustedes una continuidad e intercambio que ojalá se prolonguen en el tiempo.


Polvo de estrellas

Con mi padre solíamos mirar al cielo mientras yo escuchaba ensimismada, historias acerca del universo.

El cinturón de Orión, hermoso gigante de colosal tamaño, hijo de Poseidón y Euríale. Las tres Marías posicionadas exactamente como las tres grandes pirámides de Giza en Egipto, nunca aprendí sus nombres o las nebulosas, también gigantes, hijas de la explosión de estrellas moribundas.

Que triste quedaba cuando mi padre me contaba que las estrellas mientras más grandes menos tiempo vivían, me imaginaba entonces que caían al agua en mil pedacitos, guiadas por el viento estelar y que el mundo asombrado miraba esas hebras de luz en vuelo, expandiéndose en el infinito, prontas a morir. Asombro, luz y oscuridad.

Hace muchos años atrás hice un viaje mochileando por el norte junto al pololo que tenía en ese entonces (por cierto, se convirtió en un amigo tan infinito como el universo). Nuestra meta era llegar a Machu Picchu, destino que por razones que pertenecen a otra historia no pude cumplir. Llevábamos una carpa bien precaria y como equipaje, alegría y juventud.

Un día la noche nos sorprendió en pleno desierto, fue la noche más bonita del mundo. Tan limpio el cielo, estrellas, planetas, constelaciones, galaxias, cientos, miles, millones brillando en mis pupilas y yo estiraba mis brazos comprobando que tocar las estrellas era una certeza.

Tumbados en el desierto más árido del mundo, en ese paisaje bello e inhóspito, fuimos polvo de estrellas. Los planetas que habitamos esa noche siguen dando vueltas.

Hoy recordé a mi padre, el tiempo es relativo.