David Belver García

Nací cuando el dictador aún coleaba. Tuve la oportunidad de ver desde abajo a una generación que abrazaba generosa y virgen todas las novedades que la larga noche mantuvo fuera demasiado tiempo. Algunos no llegaron a hoy para contarlo. Cuando tenía 12 años terminé el primer volumen por fascículos de la colección Maravillas del Mundo de Salvat y lo llevé a encuadernar sin que mis padres supieran nada. Al kioskero le parecí peculiar, en el mejor de los casos. Con 13 empecé a leer la “fusilada” del Reino Medio que hizo Mika Waltari y ya no me pude desenganchar del Hábito.
Mucho tiempo después he podido cumplir mis sueños, y pesadillas, de viajar a todos los sitios que mi febril cabeza infantil quería llevarme. Vivir en culturas donde era un perfecto extraño y aprender de sus gastronomías.
Creo que la gente escribe perseguida por sus demonios o empujada por su vanidad. Alguna es profesional de la letra también. Si no estás de acuerdo me parece bien.

JIRONES

Frente a la costa. El temporal bate el mar a punto de nieve. Te diría que lo bate hasta lo último, pero es mentira. Los ha habido peores. Islotes de espuma pueblan la arena oscura, un souvenir del pasado industrial de la ría. Jirones blancos, aprovechando el efecto vela, se desplazan por una película húmeda sobre esa arena oscura. Las olas regresan y los apelotonan, como mastines al rebaño. Unos pocos, aún más pequeños, y quizás temerosos de ellas, se desprenden y salen volando en pos de la orilla. Remedan bandadas de pájaros huyendo. Me pregunto si huyen de las olas o de sus orígenes. Me pregunto si compartimos eso.
No preguntes, sabes que sí.

El viento pone arena entre mis dientes mientras termino la última patata frita.