David Belver García · El dueño de la plaza

Desde las letras y la frase se teje aquello que más queremos. Excelente texto, fresco, íntimo y real

David Belver García

Nací cuando el dictador aún coleaba. Tuve la oportunidad de ver desde abajo a una generación que abrazaba generosa y virgen todas las novedades que la larga noche mantuvo fuera demasiado tiempo. Algunos no llegaron a hoy para contarlo. Cuando tenía 12 años terminé el primer volumen por fascículos de la colección Maravillas del Mundo de Salvat y lo llevé a encuadernar sin que mis padres supieran nada. Al kioskero le parecí peculiar, en el mejor de los casos. Con 13 empecé a leer la “fusilada” del Reino Medio que hizo Mika Waltari y ya no me pude desenganchar del Hábito.
Mucho tiempo después he podido cumplir mis sueños, y pesadillas, de viajar a todos los sitios que mi febril cabeza infantil quería llevarme. Vivir en culturas donde era un perfecto extraño y aprender de sus gastronomías.
Creo que la gente escribe perseguida por sus demonios o empujada por su vanidad. Alguna es profesional de la letra también. Si no estás de acuerdo me parece bien.

El dueño de la plaza

Era ya oscuro y hacía frío. Tenía seis años. El viaje lo hicimos en uno de los autobuses amarillos de la Mohn. Desde la altura de sus techos los imperantes carteles prohibían hablar con el conductor y escupir en el suelo. ¡Como si se pudiera hacer a la vez! Sé que era un autobús de la Mohn porque tengo la imagen de bajarnos en la parada de Paralelo, a tiro de piedra de Plaza de España. Mi abuelo sin tardanza nos llevó a un bar cercano. Un suelo sucio de servilletas de ribete azul, un vaso de vino sobre el mostrador y una tapa de algo en salsa que me estuvo delicioso y nunca más he vuelto a probar. Después debimos cruzar la Gran Vía porque acabamos frente a las taquillas de Las Arenas. Fachada enladrillada salpicada de afiches de circo y aceras irregulares. Mi abuelo se alejó escasamente de mí para acercarse a la ventanilla. Se dirigió a la luz amarillenta que recortaba la pared y dijo modestamente “Las entradas del dueño de la plaza”. A mí se me hizo de día en plena noche al oír aquello.

Román, hombre enjuto, fuerte y de piel morena, tostada al sol y al frío del mucho madrugar, tenía dos cicatrices en el abdomen. Cuando se quitaba la camisa en verano aparecían como dos estrellas. Claras y extrañamente despobladas sobre el abdomen velludo. A mí se me antojaban grandes y siempre las imaginé causadas por una cornada de toro, quizás de dos cogidas diferentes en sendas corridas. En casa de mi abuela, donde vivía mi abuelo, se veían toros en la tele. Revistas taurinas ajadas pululaban por la salita de estar. Hablaba de Ordoñez y Antoñete. Cuando volvía del trabajo se refería a terneros y campos de alcachofas. Pruebas irrefutables ante la imaginación infante que el abuelo había sido torero. Y si es torero, ¡No es lógico que sea el dueño de la plaza!

Antes que las cicatrices, llamaba la atención una mano pequeña, atrófica. La diestra, creo recordar. Un remedo de garrita que apenas podía abrir. En aquellas fuertes y pequeñas manos una tarde laboral de invierno me mostró unas líneas negruzcas. Solo años después las vi repetidas en los brazos de un alpinista con principios de congelación.

Mi abuelo pululaba una infancia muy temprana cuando a principios de los años veinte una mala caída dio con una mano en medio de las ascuas, recuerdo de un fuego reciente alimentado con encina de Soria. La mala caída dio paso a un mal médico que no tuvo otra feliz idea que vendar toda la mano junta y dejarla cicatrizar así. A finales de esa misma década, familia emigrada hasta Barcelona, arregló la posibilidad de una operación para el pequeño Román que tuvo que viajar solo hasta la vera del Mediterráneo. Allí con la idea y la técnica de la época se hicieron dos injertos en la palma de la mano para intentar dar funcionalidad. Vida, funcionalidad y estética es la escala descendente de prioridades en medicina. No hubo funcionalidad para la mano. No hubo estética para el abdomen. No era extraño que la palma de mi abuelo fuera velluda. De aquella yatrogenia vintage quedaron risas infantiles sobre una camilla cuando los enfermeros le daban carreras por los pasillos de altos ventanales.

También quedó una vida de trabajo en el campo porque no había otra con aquella mano. Laborar en lo que puedes a pesar de leer mucho y tener buen discernimiento. La familia Balañá tenía entonces tierras, terneros, campos de alcahofas delimitados por acequias… y la plaza de toros Las Arenas, donde los empleados tenían entradas a su disposición.

Del circo solo recuerdo que había mucha gente, una luz azulada y unos osos blancos que tiraban de un trineo. Luego fuimos donde estaban los animales del circo. Bajo una bombilla amarillenta y mortecina le di de comer a un elefante que me cogía con la trompa un manojo de paja de mis manitas. No podía sentirme más orgulloso. Mi abuelo era el dueño de la plaza y tenía un elefante. Las risotadas de los adultos llenaban el establo.

Siempre que tengas tiempo, sé bueno con un niño, te recordará siempre.