Carlos Cubeiro

Carlos Cubeiro nace en A Coruña el 23 de noviembre de 1958.
A principios de los años 80 compuso su primer poema, a partir de entonces le siguen otros muchos. En 1987 recibe un tercer premio de poesía organizado por el centro ECCA de A Coruña. Desde entonces la poesía forma parte de su vida, presentándose a diversos concursos literarios siendo también un extraordinario lecto.
A principios de los años 90 comienza a escribir relatos, sin embargo, entra en un periodo de hibernación, despertando unos años más tarde, donde vuelve a sumergirse nuevamente en su poesía y en su narrativa.

Amargo paladar

La habitación 303 aparecía alfombrada de pétalos de rosas rojas. Ella, al ver aquel recibimiento dejó caer al suelo su abrigo de visón y poco a poco desde los hombros a la moqueta, su vestido negro de encaje. Sobre la cama, más pétalos y una hermosa caja metálica en forma de corazón. Con la ayuda de sus uñas pintadas de blanco y negro tiró a derecha e izquierda del lazo sedoso que la ataba. Una docena de bombones de sabores diferentes aparecían ante su mirada. A través del hilo musical, una canción de amor inundaba el ambiente. Las yemas de los dedos eligieron uno de aquellos, uno que era de chocolate negro cubierto de crocanti almendrado. Se lo metió en la boca para ir deshaciéndolo. Su lengua daba vueltas intentando que aquel aroma llegara a cada rincón de su paladar. La iluminación, de manera sorpresiva, bajó su intensidad hasta lograr que la habitación quedará en penumbra. Aquella situación la animó a desprenderse del resto de la ropa interior. Escogió un nuevo bombón mientras miraba por el gran ventanal el hermoso espectáculo que le ofrecía la ciudad iluminada. Éste era de licor de cereza, aunque con un extraño indefinido, que dió vueltas y más vueltas antes de comenzar a abrazar su lengua. Se llevó las manos a la garganta, sentía que le faltaba el aire y así de dejó caer sobre los pétalos de rosa, sobre las sábanas de seda. Intentaba pedir ayuda pero no lograba emitir sonido alguno. El teléfono plateado sonaba pero nadie contestaba. La música continuaba sonando, ahora una marcha fúnebre. El resto de hotel se hallaba en silencio, en el más absoluto silencio. Cada poco, una docena de gotas de agua oxidada se sentían caer en dos cubos de metal desde el techo del pasillo. El hormigón desnudo hacía más tétrico el lugar en la oscuridad.

Al salir el sol, el ruinoso edificio se hundió tras una explosión controlada. Una espesa humareda lo envolvía todo, los pétalos volaban sin fin en el aire. Muy cerca y desde el interior de un automóvil de lujo una mujer de ojos claros, abrigo de visón miraba la escena con una caja de bombones en sus manos con uñas en negro y blanco, sólo quedaban diez de doce…

Carlos Cubeiro
Agosto 2023