Rafael Esteban Solá · Relatos mínimos

De lo imposible de la extensión se crea el tiempo comprimido y narrativo de la palabra

Rafael Esteban Solá

Relatos mínimos, pertenecientes al libro en elaboración ‘Metralla’

Rafael Esteban Solá (Madrid, 1966) es licenciado en Filología Hispánica. Posee un Master en Enseñanza de Español como Lengua Extranjera además de una veintena de cursos de especialización. Ha publicado ocho libros y ejercido como profesor en cuatro continentes y una decena de países, enseñando lengua, civilización hispánica y literatura española en Universidades e Institutos de Secundaria. Actualmente trabaja en su Doctorado y en la finalización de la novela sobre India.

Breathless


Hace ya más de un año, el diecisiete de noviembre, a las 14:06 horas, con cielos nublados en la meseta y marejadilla en el Cantábrico, Evaristo Pérez Barbadillo, historiador medieval en paro, dejó de respirar.

No fue una decisión tomada a la ligera, sino que llevaba tiempo meditándolo, pues no era hombre de prontos ni de extravagancias gratuitas, sino el más reflexivo entre sus antiguos colegas de universidad, amigo siempre previsible, y familiar juicioso que nunca perdía el control por mucho que su mujer despiporrara y las vástagas de ambos clamaran en todo momento por hacer lo que se les viniese en gana.

Al principio la inoperatividad de sus pulmones no llamó la atención, pues hablamos de un hombre discreto poco aficionado al protagonismo, de modo que se sucedieron los días sin que nadie sospechara nada, al contrario, tan poco se hacía notar que a todos les pareció el mismo Evaristo de siempre, callado, formal, casi invisible. Sin embargo, con los primeros fríos, un vecino notó que no exhalaba vaho mientras regaba el jardín a primera hora de la mañana; su mujer se percató de que había dejado de roncar, y hubo compinches de barra que atestiguaron que tampoco echaba humo al fumarse entre claretes sus cigarritos.

Así trascurría la vida hasta que un jueves de mediados de diciembre, Emiliano Zurbarán González, taxista jubilado y gran aficionado al dominó, se lo espetó según paseaban como cada tarde por la calle mayor. “Evaristo, tú has dejado de respirar”. Al desempleado historiador le sorprendió que hubiera percibido lo evidente, le observó indeciso unos segundos, y, con cierto desdén, “¿te molesta?” replicó. “No, hombre, sólo que… Compréndelo, la gente se pregunta cómo puedes vivir sin respirar”. “No lo sé. Yo también me lo pregunto” contestó algo melancólico tras un largo silencio. “Pero, Evaristo, compadre… Que si uno no respira se muere”. “Pues debo de estar muerto, qué quieres que te diga”. “¿Cómo vas a estar muerto si estamos hablando?” inquirió muy juicioso el antiguo taxista. “Porque se puede estar muerto en vida, y yo lo estoy”. “Déjate de zarandajas, Evaristo, por favor, y no renuncies al aire, que la vida es muy amable”.

Lo sería, pensó el historiador, pero a él se le había hecho irrespirable.

La realidad fracasada


Hubo una vez en Bohemia, hace varios siglos, un artesano del vidrio que, tras infinidad de reveses y amarguras debidas al nulo éxito de sus infatigables experimentos, logró al final- después de soportar no pocas burlas e infortunios- crear un espejo en el cual todos se reflejarían como eran. Es decir, no en un universo paralelo de imágenes casi exactas en las que lo único que cambiaba nimiamente era la perspectiva de lo que estaba a la derecha, que aparecía igual pero a la izquierda y, viceversa, lo que estaba a la izquierda se revelaba a la derecha, sino que superaba lo observado ofreciendo lo que de hecho existía y no un asomo eidético pero… en el fondo no veraz. Eso era lo que, hasta entonces, reflejaban todos los espejos conocidos del mundo, incluso aquellos de los que no se tenía noticia en la Europa de la época, pues cualquiera de ellos, sin margen de duda, eran iguales: lo que estaba a la derecha se veía a la izquierda, de igual manera que lo que estaba a la izquierda se veía a la derecha. Por lo demás, el resto era perfecto.

Como lo que es un espejo.

Pero aquella noche a solas en su fragua, dormida la mujer y su único hijo en el otro cuarto, Jacobus Worzek halló el modo de reflejar la realidad limpia y genuina. O sea, sin la consabida dislexia que- según él- distorsionaba la verdadera imagen de la existencia.

A la mañana siguiente, pletórico, exultante de ánimo, envolvió su invento en un zurrón de cuero y fue a ver al alcalde, al que costó despertar para recibirle más tarde de muy mal humor, porque no era hombre aficionado a levantarse temprano. Sin embargo, en cuanto vio el prodigioso espejo que Worzek le mostraba henchido de orgullo, hizo que ensillarán los dos mejores alazanes y envió a un par de criados de su confianza a pedir audiencia al rey.

Esa misma noche después de cenar el artesano abrió la puerta de su casa al alcalde en persona, que, junto a tres de sus sirvientes, le conminó a darse prisa, pues el rey había ordenado que se presentasen lo antes posible en palacio, y, con el espejo maravilloso a buen recaudo en un cofre hermético, partieron sin más dilación a uña de caballo hacia la capital.

El monarca y el selecto séquito de nobles a los que se había hecho venir desde los más variopintos rincones del reino para contemplar el espejo del cristalero alquimista- como algunos empezaron a llamarle- quedaron admirados al reconocerse por primera vez tal como eran lejos del falso paralelo en el que se habían visto hasta entonces en cualquier espejo.

Pagando en oro con prodigalidad, el emocionado soberano y el resto de aristócratas encargaron al artesano que tomara ayudantes y se dispusiera de inmediato a confeccionar más espejos exactos, como vino a denominarse esta nueva categoría de superficie refleja. Y así, durante una década, Worzek y un refuerzo de más de cuatro docenas de operarios contratados e instruidos para la realización de tan formidable empresa estuvieron fabricando espejos exactos que se comercializaban rápido no sólo en el reino sino también en los limítrofes e incluso más allá, en Asia y en la América recién colonizada. Todo el mundo quería verse como era y no “cruzado”, la gente ansiaba una imagen fiel de sí misma, sin dobleces, nítida, verdadera, idéntica a la que los otros veían. Los viejos espejos tradicionales fueron condenados por equívocos y fraudulentos, y fueron destruidos, enterrados, o lanzados al mar. Los nuevos espejos exactos sustituyeron a éstos cubriendo las paredes de las mansiones, de los edificios públicos, de los hogares más humildes, y de esta manera, sociedades e individuos se congratularon felices de su equivalencia única, legítima y verídica.

Sin embargo, con el tiempo, la venta de espejos exactos comenzó a declinar. Los encargos fueron decayendo y, perplejo, Worzek hubo de ir despidiendo gradualmente a operarios y distribuidores- que en la época de mayor esplendor habían superado en conjunto los trescientos- y la factoría erigida cerca de la aldea para dar salida a la ingente producción de espejos que se manufacturaban acabó quebrando.

El desconcierto inicial que provocó en Worzek el insólito desenlace de su extraordinario invento desembocó tras el paso de los años en pesadumbre crónica que, acrecentada por el abuso de bebidas espirituosas al que le condujo la melancolía, se convirtió en locura.

Roto de dolor, su hijo hubo de internarle finalmente en un manicomio, donde murió una tarde lluviosa de enero sin haber entendido que la gente no puede soportar por mucho tiempo la verdad cruel de su propia identidad.[/vc_column_text][vc_column_text css=».vc_custom_1743011612090{margin-bottom: 12px !important;padding-right: 7px !important;padding-left: 7px !important;background-position: center !important;background-repeat: no-repeat !important;background-size: cover !important;}»]

Segunda greguería sobre la w


La W es la M haciendo la plancha.

Gómez de la Serna

La W son dos V siamesas.

Versados en el odio


Un tanto hechos uva, fueronse con grande algarabía de la taberna del vizcaíno y en la calle de la Cruz se toparon con él, que venía de mercar tres hogazas de pan y una libra de abadejos para la noche. Como si vieran al mesmo diablo o al inquisidor Acevedo, mudaron semblante apaciguando la algaraza lo mesmo que villanos sorprendidos en fechoría. El jayán violes asimismo con espanto y, sin abrir el hocico, aprestóse en buena hora a huir de ellos. “¡Miradle!- apostrofó a su mesnada el maestro conceptual- Ved cómo huye el efraimita- atusose la perilla y continuó- ¡Corra, su excremencia, que va a perderse el primer morlaco de la tarde!- hallando gran regocijo y tremolina entre los suyos- ¿O acaso diole audiencia el rey de copas?- no cesaron las cuchilladas, y- ¡Narigón!, ¡napias!, ¡narizotas!- imprecole en el talón de su escapada.

Un poco más tarde, despedido de los rezagados, entró en el zaguán y, sin desprenderse del jubón y las calzas, sentose en la mesa, y escribió:

Érase un hombre a una nariz pegado,

Mientras, no muy lejos, en aposento de similares trazas, el hombre burlado dejaba la carga junto a la olla y asiendo la pluma:

Ándeme yo caliente
Y ríase la gente.

El sucedáneo perfecto


Las personas libres jamás podrán concebir
lo que los libros significan
para quienes vivimos encerrados

Ana Frank

En la cárcel -lugar donde se pudren las esperanzas- encontró de pronto, a mitad del camino de su vida, el placer de la lectura. Y tanto se enfrascó en ella que, como al viejo hidalgo perdedor, se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio. Jamás antes de la condena había leído un puto libro y sin embargo ahora, once años después, no sólo leía sino que releía. Incluso tomaba notas de aquello que le asombraba y, sintiéndose lector, una mueca similar a una sonrisa se esbozaba frágil en su rostro.

Ese fin de semana iba a disfrutar de su primer permiso de salida, y tras liar el petate y superar los trámites, fue a despedirse del sargento Ridruejo. “Disfruta del recreo, Anselmo, hasta el lunes”, le dijo y él, emocionado, le abrazó. “Hasta nunca, viejo amigo” le murmuró al oído. “¿Bromeas?”. “No”. “¿Estás seguro?”, “sí”. “Pues entonces cuídate”, “tú también, da un beso a Matilde y a las niñas” y se fue, con el petate a la espalda y sin volver un instante la mirada.

Lo primero tras bajar del autobús, un bar. Ración de mollejas, otra de bravas, cuatro tercios, y tres cubatas de coñac con coca cola. Después, en el estanco, paquete de farias y encendiendo el primero suspiró el aroma de la libertad.

No le apetecía regresar al jodido pisucho, y menos aún verle la jeta a la Lola, que estaría encamada con alguno, así que buscó una pensión barata y, tras una ducha prolongada para quitarse la peste a trena, se fue de putas.

Luego llamó a la niña desde una cabina. No quería verle. Llamó a Pedrito, que dudó, pero quedaron en un tugurio cerca de su currelo. Tardó, mucho, y cuando creía que ya no venía, apareció. Flaco, despeinado, con la mirada del que no quiere estar allí. Charlaron unos minutos tomando unos botellines, y, después de interrumpirle en medio de la frase para pedirle dinero, se piró. Llamó entonces a Barrachina, no estaba. Llamó al Sebas. Se alegraba de que estuviese fuera pero no podía quedar. Quizá otro día. Llamó al cangrena, que se presentó una hora más tarde porque venía desde Villaverde. Hablaron, bebieron unos cubatas, fumaron. Sin pasión, sin la complicidad de antaño, sin interés. Y al final acabó largándose escupiéndole una mentira por excusa.

El lunes por la mañana, el sargento Ridruejo estrechaba risueño su mano. “Me alegro mucho de verte, Anselmo- y al oído, cuando nadie les miraba- ¿No decías que no ibas a volver?”, susurró extrañado. “Es que no he terminado de leer a Sófocles”, y fue a firmar en el registro de entrada.