Néstor Carballal García

Néstor Carballal García. Madrid, 11 de julio de 1965.
Funcionario de carrera, ha ejercido su profesión en varias ciudades españolas tales como Madrid, Almería, San Sebastián, Manresa, Ávila, etc.
Dedicado desde que tiene conocimiento a la actividad cinegética, procura practicar esta en todas las modalidades permitidas, decantándose preferentemente por la berrea y por la espera del jabalí.
Ha colaborado desde hace años con varios artículos en varias revistas del sector ya desaparecidas y recientemente ha tenido el honor de prologar un libro y colaborar con varios capítulos de otro, todo ello relacionado con el campo y la caza.

LA NOCHE DEL DEMONIO

El puesto es difícil. Está situado en un pequeño colladito, arriba, en la cuerda de los cerros del Lomo. Concretamente en un antiguo camino, ya en total desuso, que se trazó hace muchos años para permitir el acceso a esa parte de la finca, pero que a fuerza de no pasar con ningún vehículo, se ha integrado otra vez en el monte.

Allí, en un pequeño terraplén, los cochinos han hecho unas bañas que en tiempo en el que el campo esta húmedo y lo permite, toman continuamente en su deambular de una zona a otra, puesto que ese collado es casi paso obligado.

Allí apareció un jabalí que me pareció muy grande. Vi su tremenda huella concretamente el día 31 de marzo, aunque el desenlace final de nuestro enfrentamiento se resolvió el día 31 de julio. Pero eso ahora no importa, este pequeño relato pretende plasmar una anécdota que aún con los años transcurridos, recuerdo perfectamente y que rememoro continuamente cuando olores o imágenes parecidas se producen en mi entorno, provocando casi idénticas reacciones físicas como las que sentí esa noche.

Tengo que señalar que para mí, la espera en soledad de los jabalíes es la modalidad de caza que más me gusta y que practico con más asiduidad. Por eso, aunque en esa época, el trabajo nocturno que tenía encomendado me imposibilitaba hacer vida normal, me las arreglaba para, a fuerza de pasar sueño y cansancio, hacer alguna que otra escapada.

En esos días de mediados de julio, el calor arreciaba con ganas y el campo estaba tremendamente seco, me costaba mantener el ritmo de cebado del puesto, pero como el cochino que esperaba seguía entrando con asiduidad, yo no dejaba de intentarlo.

La noche en la que sucedió lo que pretendo torpemente relatar, era la del 13 de julio. Yo arrastraba ya muchas noches de trabajo y el cansancio se acumulaba, por lo que, cuando me situé en el sitio donde pretendía hacer el aguardo, preparé todo con espero y procurando quedar a la sombra de una gran encina, ya que la luna llenaba esa misma noche y la claridad sería muy grande, me acomodé en la silla y situé el rifle en el trípode dispuesto a esperar lo que hiciera falta para abatir el cochino, entrase a la hora que entrase.

Al principio estuve entretenido, puesto que en esa época los conejos en el coto aún abundaban y estaba entretenido observándolos. La tarde fue pasando, una liebre me pasó muy cerca sin percatarse de mi presencia, dada mi inmovilidad absoluta, lo que me confirmó que el aire lo tenía perfecto.

La oscuridad fue cayendo y la luna salió con fuerza por detrás de la cuerda de los cerros. La quietud era absoluta, puesto que apenas corría una levísima corriente de aire que lejos de refrescar, contribuía a que el ambiente fuese opresivo y sofocante. Casi sin darme cuenta, me fui relajando y poco a poco el cansancio fue ganando la batalla a la concentración y tensión. Pensé que si cerraba los ojos descansaría algo más, sobre todo pensando en el viaje de vuelta y que tendría que conducir yo solo.

Así, un sopor incontrolable se apoderó de mí y confiando en que, al estar el cebo cubierto por piedras, si entraba el cochino, lo oiría perfectamente y actuaría en consecuencia, cerré los ojos y me sumergí en un reparador duermevela.

No soy consciente del tiempo que transcurrió de esta manera, supongo que bastante, pero de repente un olor acido y muy penetrante me llegó nítidamente y con fuerza.

Abrí los ojos y me quedé paralizado. Tuve que parpadear varias veces, tratando de aclarar mi visión, al tiempo que, aparte de quedarme sin respiración, un intenso escalofrío recorría toda mi espina dorsal y los pelos de la nuca se me erizaban sin remedio. No sé los segundos que pasarían hasta que mi cerebro asimiló que la criatura que tenía justo en frente, apenas a cuatro metros de mí, era un soberbio macho cabrío de color absolutamente negro, con cuernos en espiral que se abrían sobre su cabeza no menos de cincuenta centímetros a cada lado y que la luz de la luna me mostraba con claridad.

Estaba parado con absoluta inmovilidad mirándome fijamente, como tratando de discernir que era yo y que hacía allí a esas horas. Miro ligeramente a su derecha y poco a poco, con movimientos medidos, se deslizó sin ruido alguno en esa dirección y se alejó. No sé porqué, me fijé que, aunque estaba en una zona de pasto alto, no hacía ruido alguno al andar y al poco, lo perdí de vista.

Cuando quise reaccionar observe que estaba aún con la boca abierta y el corazón acelerado. Supongo que impresionado por la visión a la que aún no daba crédito.

Sin pensar en nada más, recogí lentamente el puesto, al tiempo que dando vueltas en la cabeza sobre lo que había pasado, me fui alejando en dirección al llano donde había dejado mi coche. Por supuesto que se me pasó el sueño de golpe, supongo que por la descarga de adrenalina.

Dormí poco y en cuanto me levanté resolví volver al lugar de los hechos. Ya dudaba seriamente de lo que había visto, puesto que presumía conocer lo que se movía por los alrededores del coto y que yo supiese, ese animal no pertenecía a nadie de las cercanías. Cuando llegué, me fui directamente a la finca vecina y pregunté por el animal. Aurelio me miró con extrañeza y me dijo que él tenía las 15 o 20 ovejas de siempre, además de las vacas, claro está y que hacía muchos años que no tenía ninguna cabra. Igual respuesta obtuve de las siguientes fincas ganaderas en las que esa mañana pregunté. Nadie sabía nada, es más, nadie lo había visto y ni siquiera oído hablar de un animal parecido.

Me llegué al puesto y aproveché para reponer un poco de maíz en el cebadero, que no había sido tocado esa noche, y mire con atención por los alrededores. Dudé seriamente de la visión, puesto que no veía signo alguno que me probase que había sucedido. Lentamente fui mirando el suelo en dirección al lugar donde yo estaba puesto sin ver nada, hasta llegar a la altura donde más o menos estaría el animal cuando abrí los ojos.

Allí, nítidamente estaban marcadas las huellas de las pezuñas del macho. Como ya he dicho era un antiguo camino y en algunas partes el suelo era arenoso. No había señales de cómo había llegado hasta allí, ni antes ni después. Era como su hubiese llegado allí volando. Me quedé perplejo y extrañado. Giré en la dirección por donde se había alejado sin ver rastro alguno hasta que encontré entre el pasto unas cagarrutas negras que había dejado como a cosa de 15 metros del lugar y que me confirmó, sin lugar a dudas, que el animal existía y había pasado por allí.

Más tranquilo, dentro de lo que cabe, me alejé pensando en las cosas que de noche se mueven por la quietud del monte y que muchas veces ponen a prueba nuestra comprensión.

Siempre que paso por las cercanías de ese puesto me acuerdo perfectamente del suceso y cuando percibo olores parecidos o veo algún macho de esa especie me produce una reacción física de escalofrío sin poder remediarlo.

Me gusta pensar que algo esotérico sucedió esa noche y que se resolvió por sí solo y que afortunadamente yo fui un mero espectador. Que el diablo se presentó ante mí y decidió dejarme en paz.

Por cierto, el animal no volvió a aparecer nunca más, ni dar signos de su presencia. No oí hablar de él jamás, a pesar que a veces, cuando charlaba con los ganaderos de la zona, sacaba el tema. No lo vio nadie más.