Nació en el útero de Gistredo, Cuenya es un forjador de palabras y viajero. Ha enseñado en Francia, México y en España. Fue profesor y coordinador de la Escuela de Cine de Ponferrada. Colabora con diferentes medios de comunicación, entre ellos Diario de León. Ha escrito Viajes sin mapa, Trasmundo, Vocabulario de Noceda del Bierzo, El Bierzo y su gastronomía o La fragua de Furil. Figura en una Antología de Relatos Originales y es coautor de Las edades del Bierzo. Edita una revista cultural, La Curuja.
Sirāt, un viaje psicodélico
La experiencia del visionado de Sirāt, la película de Óliver Laxe, con su posterior comentario o análisis y coloquio en los Cines La Dehesa de Ponferrada fue una experiencia psicodélica, como cuando escuché el concierto de Pompeya de Pink Floyd, que me sacudió las entrañas.
Una experiencia extraordinaria, compartida por casi trescientas personas que estuvimos en la sala cuatro de los Cines La Dehesa de Ponferrada.
Después de la introducción, con la referencia sobre todo al título, Sirāt, me entusiasmó volver a ver esta película, eso sí, en pantalla grande, la cual logra envolver, casi taladrarnos con sus imágenes y sus sonidos, con su música.
Sirāt es palabra árabe (cabe recordar, como nos dijera el gran Juan Goytisolo, que en nuestra lengua castellana tenemos más de cuatro mil vocablos de origen árabe) que significa camino, camino interior, sendero, vía, puente sobre el infierno, y de eso va esta película, del camino de la vida y de la muerte, del camino complicado, peligroso, acaso hacia la nada, como vemos a través de la imagen sobrecogedora de un tren que cruza el desierto, de los planos de la vía del tren perdiéndose en el fondo y el fundido a negro. “Se podría decir que Sirāt es una película sobre la muerte. Pero es, sobre todo, una película sobre la vida, sobre la supervivencia después de haber tocado lo más hondo”, apunta Laxe.
Un viaje a través del desierto durante el cual los personajes sufren todo tipo de peripecias, incluida una transformación interior, lo que me hace recordar el viaje que realiza asimismo Travis, el protagonista de la película París, Texas, de Wenders, a través del desierto en busca de su familia, o bien al protagonista de Centauros del desierto, de Ford, también en busca de su sobrina. La búsqueda como trama maestra. Por tanto, Sirāt es deudora de estas y otras películas de carretera, como Easy rider, de Dennis Hopper, incluso podríamos encontrar reminiscencias en la bajada al infierno de la guerra y la locura de Apocalypse Now, de Coppola (inspirada en El corazón de las tinieblas, de Conrad) o El salario del miedo, de Clouzot, en esa travesía hacia el horror. En Sirāt también se apunta la idea de Tercera Guerra Mundial y fin del mundo.
El horror, el horror que viven los ravers o raveros de Sirāt a través del desierto, filmado de un modo estremecedor, en esta road movie, en este viaje físico y metafísico, que se revela introspectivo a la vez que hipnótico, alucinógeno, lisérgico, sinestésico (vemos, olemos, paladeamos, sentimos el desierto a través del poder de sus sonidos, de los sonidos asimismo de la música electrónica, de la rave music).
Un viaje multisensorial, donde el miedo nos paraliza y el azar preside nuestras vidas.
Después del visionado de la película tuve la oportunidad de comentar las categorías en las cuales Sirāt ganó premios Goya, que fueron en dirección de producción, dirección de fotografía, dirección artística, sonido, música original y montaje.
En cuanto a la dirección de producción destacar que se ocupa de toda la logística, infraestructura, desde la preproducción hasta el rodaje y la postproducción, porque se encarga de los recursos técnicos y tecnológicos, los recursos humanos (equipo técnico y artístico) y también los financieros para lograr que la película llegue a buen puerto. Entre los productores de esta película está el propio Óliver Laxe (que es también el director y coguionista) y los hermanos Almodóvar, Pedro y Agustín, con la productora El Deseo, que tomaron las decisiones estratégicas sobre el calendario de rodaje, la selección de las localizaciones y la coordinación entre departamentos artísticos y técnicos, y por supuesto financiaron el proyecto inicial. Incluso gestionaron acuerdos con plataformas como Movistar Plus+ (participante en la producción) y otros aliados internacionales. El rodaje se hizo tanto en España (paisajes áridos de la Rambla de Barrachina, también conocida como Cañón del Colorado español en Teruel -un paisaje de tonos ocres con chimeneas de hadas, donde se rodó la rave– y la zona desértica del sureste de Marruecos (en concreto Er-Rachidia, cerca de las dunas de Merzouga, donde estuve en la pasada Navidad). Filmar en espacios exteriores, en este caso en el desierto, no resulta nada fácil, debido a su difícil acceso para trasladar el equipo técnico, las condiciones climáticas, con temperaturas extremas, viento y polvo constantes, la necesidad de adaptarse a la luz natural (predominante en la película). Pero el rodaje de Sirāt en el desierto no fue sólo una decisión estética, sino también narrativa, porque el paisaje funciona en este caso como un personaje más entre el elenco actoral, con Sergi López y el niño Bruno Núñez como actores profesionales, porque el resto de los intérpretes no son actores profesionales sino raveros, que aportan autenticidad, frescura, al relato fílmico. En este sentido, Laxe también busca la naturalidad, como hizo con la luz natural, lo que entronca con la dirección de fotografía, que es el arte y la técnica de construir la estética visual de la película con el sabio manejo de la luz, el color, la composición y los movimientos de cámara para contar la historia.
La dirección de fotografía se ocupa por tanto de la imagen, colaborando con el director y la dirección artística para plasmar la visión artística. La dirección de foto se ocupa de supervisar los equipos de cámara (operadores) y de iluminación.
En cuanto a la iluminación, el director de foto cuenta que trabajaron jugando con la orientación del sol, porque casi todo es exterior día y espacios donde el sol es vertical la mayor parte del tiempo, aunque en alguna ocasión estaba en una posición donde permitía tener un poco más de tridimensionalidad. Planificaron las escenas en función del sol y del decorado, y en los exteriores noche usaron HMI y LED, según el director de foto, que elige cámaras, lentes, la paleta de colores, encuadra los planos y diseña la iluminación construyendo la atmósfera de la película. Respecto a la gama de tonalidades, el director de foto cuenta que trabajó con tonalidades de ocres, amarillos y naranjas, aunque también con algún verde y gris.
La dirección de foto participa en la preproducción (storyboard, pruebas de cámara), producción (rodaje) y postproducción (etalonaje o corrección de color). Cada decisión técnica (luz dura/suave, tipo de lente) busca enfatizar emociones y guiar la mirada de los espectadores. En Sirāt, la fotografía, sincronizada con la hipnótica música trance, corresponde a Mauro Herce -colaborador habitual de Óliver Laxe-, el cual construye una especie de dimensión sensorial y trascendental a través del uso expresivo del paisaje, en este caso el desierto y los espacios abiertos no sólo como fondo, sino como materia narrativa.
La cámara resalta la inmensidad del desierto y el aislamiento de los personajes mediante encuadres amplios y horizontes dominantes. La luz natural protagoniza los amaneceres, los atardeceres y los duros contrastes del sol. La variación lumínica marca los estados emocionales y ritmos internos. Las imágenes visuales del viento, del polvo, de la arena… se nos muestran como imágenes táctiles, en realidad, como imágenes sinestésicas, lo que refuerza la sensación física del viaje. Y mediante planos largos y tomas de conjunto (planos generales) contextualiza la acción y muestra la relación entre los personajes y su entorno, subrayando la pequeñez del ser humano frente a la inmensidad del desierto. Vemos asimismo un contraste entre lo natural y lo artificial, porque en las escenas de la rave, la fotografía integra luces electrónicas y colores intensos dentro de un entorno árido, creando una tensión visual entre lo ancestral y lo contemporáneo. La fotografía, que dialoga con el sonido y el montaje para generar una experiencia inmersiva, refuerza la idea de travesía y transformación interior. Una propuesta visual que es coherente con este cine contemplativo a la vez que sensorial.
La dirección de arte, que trabaja codo con codo con la dirección de foto y el diseño de sonido, define la estética visual y la atmósfera de la película, traduciendo el guion en escenarios, colores y texturas concretas. La dirección de arte (diseño de producción) supervisa la escenografía, utilería, la ambientación para asegurar la coherencia estética.
Sirāt nos muestra una estética sensorial y simbólica, con espacios reales. Y resalta ese contraste entre la inmensidad del desierto (lo primigenio) y la fiesta rave, con la tecnología, la música electrónica, los vehículos, las tiendas… Se nos muestran secuencias en las que imagen, forma, color y ambientación se funden en experiencias sinestésicas -como ocurre en las escenas de rave integradas con paisaje natural- potenciando lo sensorial con lo emocional.
El sonido, que consiste en diálogos, música y efectos sonoros (construidos en postproducción), también crea atmósfera, contribuye a la narración e intensifica la experiencia auditiva.
En Sirāt el sonido (nominado al Óscar) se me hace envolvente a través del viento, los pasos sobre arena, el motor de los vehículos, las respiraciones de los personajes, o los ecos del paisaje (sonido directo extremo), logrando texturas orgánicas que unen el paisaje con los sonidos. Es una experiencia sensorial e inmersiva centrada en el tecno y los paisajes sonoros orgánicos (la experiencia rave como viaje trascendental), diseñada para verse el sonido y oírse la imagen, esto es, una experiencia sinestésica en difíciles condiciones de arena, viento, alto volumen. Existen pocos diálogos. Y los largos silencios narrativos generan tensión, introspección, atmósfera de trance, reforzando la experiencia sensorial. El desierto y los espacios abiertos los sentimos como si nos estuvieran hablando, también a través del sonido como hilo conductor, narrativo, que vibra y nos hace vibrar.
La música original, la banda sonora original, debida al músico y productor francés Kangding Ray, es uno de los elementos más importantes de la película. Evoluciona de lo terrenal a algo más trascendental, buscando que la música conduzca la narrativa, alternando la intensidad musical con los silencios narrativos, permitiendo que respiremos y nos reconectemos con los personajes. Predomina la música diegética, que forma parte de la historia narrada, porque la música proviene de la rave, que escuchan los personajes como un mantra hipnótico, además de los sonidos atmosféricos, creando una experiencia inmersiva.
La música, por tanto, se integra orgánicamente en la experiencia sensorial de la película. Está pensada para que la sintamos físicamente a través de ritmos repetitivos, envolventes, sonidos densos y ásperos, con sintetizadores. La música como trance colectivo o catarsis. La banda sonora transmite ese trance (el subtítulo de la película es trance en el desierto), además de misterio y peligro.
El montaje es el proceso de postproducción donde se seleccionan, ordenan y ensamblan las tomas filmadas para crear la narrativa final. Es la unión ordenada de planos, secuencias, el proceso de “escritura” que dota de ritmo y estructura a la narración. La sintaxis fílmica organiza los elementos visuales y auditivos para estructurar un relato cinematográfico, equivalente a la sintaxis en el lenguaje. El montaje convierte el material grabado en una historia coherente. Al inicio de Sirāt el montaje es lento, con ritmo pausado, contemplativo, con planos largos en la rave del desierto, lo que nos permite adentrarnos en la atmósfera electrónica. El tiempo se nos muestra dilatado, permitiendo que nos recreemos en el paisaje y las situaciones, de este modo se construye una sensación de viaje interior, donde el ser humano se confronta a la vastedad del desierto. Después el ritmo se acelera a medida que el viaje se vuelve más intenso. La película mezcla planos del desierto, vehículos, personas y música techno. El montaje está sincronizado con el sonido electrónico, creando una experiencia hipnótica. En determinados momentos se hacen cortes bruscos, saltos abruptos entre escenas para generar tensión, desestabilización. A través del montaje se nos muestra la búsqueda (introducida por la rave inicial en el desierto), el movimiento (viaje con el grupo de ravers o raveros en furgonetas), el caos (con la aparición del ejército y conflictos), la supervivencia (el viaje se vuelve cada vez más extremo). El metraje de la película, en su gran parte, se sostiene por tensión emocional y sensorial. El montaje nos ofrece una propuesta abierta a la interpretación, que cada cual busque un sentido. “Que la película haga mirar al espectador adentro porque mirar adentro es nuestra única herramienta para ser libres”, dice Laxe, para quien Sirāt es una mezcla entre las películas Mad Max, Easy rider y Stalker, porque su deseo es aunar la espiritualidad de Tarkovski con las aventuras cinematográficas iniciáticas.
Sirãt y El salario del miedo
Sirāt tiene cierta similitud temática y estructural con El salario del miedo, la obra maestra del cineasta francés Clouzot. En ambas películas el viaje es la esencia narrativa y se muestra como tensión, que aumenta a medida que avanza el viaje, como peligro en un ambiente hostil (antagonista). En El salario del miedo, un grupo de hombres transporta nitroglicerina por caminos peligrosos. En Sirāt, los personajes atraviesan el desierto en un desplazamiento físico que se vuelve cada vez más arriesgado. En ambas películas el paisaje no es decorado sino una fuerza activa que condiciona las decisiones de los personajes. Ambas exploran, desde el existencialismo, el miedo, la fragilidad humana, la resistencia física y moral. El salario del miedo es un thriller centrado en el suspense y la supervivencia, Sirāt tiene un enfoque más contemplativo, acaso espiritual, centrado en la experiencia interior. El salario del miedo explora el miedo como explosión y suspense, y Sirāt lo hace como transformación, aunque también como explosión y suspense.
Sirãt y Centauros del desierto de John Ford
Sirãt y Centauros del desierto comparten temática y estilo visual. El viaje como eje narrativo. En Centauros del desierto, Ethan Edwards atraviesa el desierto de Texas para rescatar a su sobrina, y gran parte de la película se desarrolla durante el recorrido. En Sirāt, los personajes se desplazan por el desierto, y el trayecto mismo se convierte en experiencia central, porque el viaje es físico y simbólico, donde el paisaje -que influye en las decisiones y emociones de los personajes-, podría verse como un personaje. También cruzan el desierto en busca de la hija de Luis (Sergi López).
En Centauros del desierto se nos muestra Monument Valley, vasto, inhóspito, monumental, como fuerza narrativa. En Sirãt también el desierto nos trasmite desafío, soledad, aislamiento. Ethan Edwards se enfrenta a su soledad moral y emocional en medio de un entorno hostil. En Sirãt, los personajes experimentan introspección, vulnerabilidad y confrontación con la muerte en el desierto. Ambas películas destacan a través de planos amplios, horizontes abiertos y encuadres que muestran la pequeñez humana frente a la naturaleza. En Sirãt, esto se combina con luz natural y silencios narrativos; en Centauros del desierto, con colores saturados y claridad narrativa. Centauros del desierto es western clásico, con trama lineal, conflicto explícito y estructura de héroe. Sirãt es cine sensorial, centrado en experiencia interior más que en la narrativa externa.
Como vemos en Sirãt, vivimos en una tierra sembrada de minas (las guerras nos encogen el corazón y el alma) que debemos sortear cruzando el puente sobre el horror. “Existe un puente llamado Sirãt que une infierno y paraíso. Se advierte al que lo cruza que su paso es más estrecho que la hebra de cabello, más afilado que una espada”.
Nuestro planeta está tal vez al borde del abismo. Pero vivimos chutados, en una danza zombi. Por más que intentemos escapar del sistema, del suprasistema (el Gran Hermano orwelliano que nos vigila), acabamos sucumbiendo a sus garras. Se impone el horror.
¡El horror! ¡El horror!, pronuncia el coronel Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Conrad.
Le deseamos al genio Laxe y a su equipo artístico y técnico lo mejor en su viaje artístico y vital.

