Claudia Loayza · Adiós

Antes de su eterna partida, Claudia nos dejó una maravillosa síntesis del ropaje de la vida, una excelente narrativa basada en la reflexión, la ternura y la enorme sensibilidad que nos ofrece sus palabras


Acerca de mí
Nací hace ya años, 62 para ser más exactos en pleno invierno, cuando la lluvia incansable no cesa y el olor a tierra húmeda impregna la ciudad de Santiago de Chile.
Sin embargo, he vivido más de la mitad de mi vida en Suecia, Estocolmo, ciudad que me arropa y abriga. Tengo dos patrias, habito en ellas con el mismo cariño.
Mi gusto por la poesía es de siempre, pero mi relación con ella ha sido más bien silenciosa. Tanto silencio he acumulado que las palabras casi se han quedado mudas.
Desde hace un tiempo una explosión de imágenes, emociones y experiencias bullen y pugnan por salir. También escribo relatos cortos, diversos, reales o ficticios.
Publiqué un libro de poesía hace años, sin pretensiones, sin editorial, dedicado a mi madre intentando desde la simpleza, desde mis imágenes, acercarme a la gente, a la vida y sus emociones, a las sombras y luces que me habitan y quieren parir a través de la escritura.
Me atrevo en esta oportunidad a compartir mis relatos con el deseo de lograr con ustedes una continuidad e intercambio que ojalá se prolonguen en el tiempo.


ADIÓS

Mi vida ha estado llena de acontecimientos alegres, impactantes, tristes, memorables. Como un saquito que al azahar se va llenando lenta o apresuradamente, como la vida y sus vaivenes, como este instante que ya no es.

Hay en mi corazón tanto amor, tanto abrazo, tanto beso guardado que tendría al menos que volver a vivir tres vidas más para alcanzar a repartir todo lo que también he recibido.

El tiempo, no siempre a mi favor me apresura y en ese apuro intento resumir.

He sido niña salvaje. He sido morada, militante, terca, impulsiva, libre, guerrillera, hija, hermana, tía, un poco cronista, madre, amiga, amante apasionada, aprendiz de poetiza, viajera, Geisha, bailarina de can can. He sido un demonio y también luz en la sombra.

He sido valiente y soportado el dolor con dignidad.

Mis memorias son muchas, de ellas olvidé las que en silencio nunca despertaron y abrigo las que me gritan y se remecen cuando la calma se convierte en tedio.

He coleccionado muchísimos objetos a lo largo de mi vida. Algunos han desaparecido, otros se han roto y algunos, los más fieles, los necesarios, se han quedado conmigo cada vez que he cambiado de rumbo.

Tengo cajas de fotos de mi infancia y mis años mayores que trashuman de un lado a otro, entre la melancolía y la nostalgia.

Tengo cartas amarillas que han ido desapareciendo poco a poco cuando el tiempo de sesgar el trigo asoma en mi ventana.

Y he viajado tanto estos casi cuatro años.

Estuve en Madrid conociendo la nueva casa de Manolo y Gema, le hice barra a su atlético comiendo tapas y brindando.

Acompañé a Gianula y su Manolo en los paseos por los parques de Madrid, los museos, fuimos de Sorolla al Prado, de Picasso al Reina Sofía. De casa en casa.

Ayude a Cathy, mi nueva hermana a guardar sus libros en Francia, Angers, a inaugurar su nuevo hogar y amor fresco y con olor a maíz.
Conocí a su primera nieta y supe de la emoción de ser abuela.

Viaje al sur de Chile, a la extraña belleza de sus araucarias, a la sabiduría del canelo, a los amaneceres rojos, al tecito de hojas y tortillas de rescoldo, muy cerquita de Marcia mi hermana, poeta, hermosa, sonriente, sabia. Nos aromamos con aromos y nos abrazamos hasta volvernos a encontrar.

Ayudé a sembrar plantas y flores en el jardín de mi amiga madre Graciela, allá en Pullehue, en la casa amarilla, cerca del mar. Conocí a su amor más pleno. Me sentí hija.

Fui a Barcelona a guitarrear y conversar las tardes, con Toño, Anita, Keka, a emocionarme por lo vivido, por los desvelos, la amistad imperecedera, fui a alumbrar el camino de luz que permite que sigamos juntos.

Saqué savia de los árboles de Arce con mi gran amigo Francisco mi Doña Alma Errante allá en Quebec, Canada. Fuimos más dulces. Conocí a Juanito de Arco. Vimos aves migratorias, seguí sus pinceladas y dibujé en el aire hasta que el viento voló y el tiempo fue un soplo.

En Lausanne mi prima Vivi y su Christhofe me enseñaron más del amor verdadero, de la alegría de un día sin dolor, mi prima artista y sus fotogramas y fotografías habitando su hogar. Los libros alados de Christophe, los paisajes tan perfectos de esa Suiza imperfecta.

Fui a Chile cada vez que pude, a Lampa, al campo de mi amada sobrina Panchita, y su Pancho inquieto como pulga de campo. Me sentí madre, reforzamos lazos, anclamos un corazón en el otro. Llene mis días con las risas maravillosas de mis sobrinos. Santi dibujó aves que Aurlora pintaba, y luego batíamos el papel para que fueran libres.

Viaje a Santiago a conocer a la gatita de mi hermana Pily, a pasear calles no recorridas, a pensar un futuro distinto. Viaje para decirle que pese a todo sigo a su lado y que también la amo.

Fui a bailar a Macul con mi sobrino Andrés, amé su ser y su escritura.

Visité el taller de soldadura de mi sobrino Álvaro, reconocí su sonrisa en mi hijo y abracé su ternura.

Arropé a mi amigo Andrés y a Norma en las nubladas mañanas de Viña del Mar. Estuvimos en la Flor de Chile brindando piscos sours y buscando al conejo perdido. Fui parte de la ceremonia de despedida de Nenita y Jorge en el Cajón del Maipo orillando junto al agua.

Fui a la feria cada fin de semana con mi amigo Juanete, allá en Maipú. Nunca faltaron frutas y verduras.

En Gales, Inglaterra, junto a mi otra familia, charlamos noches enteras, días, años enteros viendo como Vicky y Sara, dos semillas a quienes amo hoy son árboles frondosos llenitos de luz.

Y dormí cada noche junto a mi madre, volví a su vientre, a su mirada que, en un segundo, nutria y sembraba, aunque no saliera el sol. Mi madre tan horizonte y tan crepúsculo.

¡Ah, y mi hermano Marco! ¿de qué color veía al mundo y su soledad? Solo sé que me miraba como queriendo decir tanto y no me decía nada y me lo decía todo.

Canté hasta quedar sin voz con la voz y la guitarra de mi prima Ceci y su risa inagotable.

En Grecia caminé por la orilla del mar con mi prima Jacque, y mojamos nuestros pies en el mar Egeo convocando algún Dios que escuchara nuestro sentir.

Me quedé en la calle 7, el barrio de toda mi vida, mirando la cordillera, el parque, mi niñez, mi vida entera.

Y volví a Suecia, a mi balcón, a mi barrio, a mis afectos profundos.

Volví a brindar la vida con mi amiga Rosita, la bella, como salida de una historia de García Márquez. Luminosa, leal, cercana.

Volví al campo de Gunilla, a escuchar su violín, a guardar folletos y recuerdos en mi cajón que nunca se llena.

Vesti a Mimmi de nuevas vestiduras, mute mi piel en la de ella, adorne sus manos, las mismas que aliviaron mi piel.

Sebbe y Ale navegan cerca de mar abierto.

Volví a disfrutar las delicias culinarias de Wilson y su estampa del Quijote olvidado.

Busqué la huella que un día me unió y me une a Janito.

Abrazé a Navjot tantas veces como pude para sentir su ternura suave y tímida.

Llamé a Nina para analizar la vida. Siempre nos faltó tiempo porque nuestras conversaciones eran de otra dimensión.

Disfruté las maravillas artesanales de María que sus manos creadoras tejen con maestría.

Tuve grandes conversaciones con la gata Cristy y su sindigato, La Lalai Lama y su zampoña, mi perrita oveja, Canito, el Alce que no era alce, el perrocito Fumarolo, y mi niño Grogu, con sus historias y compañía diaria, alimentando mis días de fantasías, lúdicos todos ellos, hermosos acompañantes de sueños.

Caminé hacia el lago rodeada de árboles erguidos, caídos, desnudos, heridos, con musgo. Vi ardillas, ciervos, pájaros carpinteros tallando cortezas de árboles.

Saludé a mis vecinos de siempre y a los anónimos.

Y me sentí arropada por el amor de mi hijo Pavel siempre calmando mi sed, abrigando mis pies, buscando nuevos caminos.

Volví a las flores frescas de Pancho, a sus cócteles, su guitarra muda, a lo que nunca dijo.

Y me quedé en el amor de mi hijo Rorro, supe que el refugio de su abrazo es el universo más intenso y que su música la más honda melodía. Supe de su amor y su ser, sus dolores, su tristeza, su sonrisa que beso cada mañana. Mi osito cuidador, mi aire fresco, mi ternura.

Entonces, solo entonces, volví a sentir esa felicidad que solo el amor sustenta.

No sé cuándo vendrán las Valkirias, están muy ocupadas. Sé, que ya no viajare más y que este afán de amanecer cada día aun en la noche más oscura, prevalece.