Hernán Barrios Torrejón nació en Angol (Chile) en 1951. Actualmente reside en Canadá en la provincia de Quebec.
En 1987, en el concurso literario organizado por la Universidad de Alberta y la Embajada de España, obtiene el primer premio y la primera mención honrosa con sus cuentos El discurso de la Macarena y Omnibus Spot.
En 1990 fue galardonado con la beca del Canadian Art Council para la continuidad de su obra literaria.
Publicaciones
- El Pais Imaginario – novela. Editorial Universitaria, Santiago Chile – 1995
- Landed Immigrant – cuentos cortos – Editiorial Documentas 1990
- Chilean Novelists and Short Story writers in Canada – An Antology, Split Quotation, Ottawa, 1993 (en conjunto con otros escritores)
- Exilum Tremens – Cuentos cortos en conjunto con otros escritores – Les Editions Omelic, Montréal, 1991
- Kaleidoscope – Écrivans du Québec – nouvelles, (en francés) Éditions du nouveau Monde 1991
- An Anthology of Hispano-Canadian Writing – Apedeche 1987
Actividades e intereses
Presidente y co-director de Northwind Trading Inc. entre 1989 y 2014 (una compañía de comercio exterior especializada en productos alimenticios, cuyos territorios eran Centro América y Sudamérica)
Agave azul
El muerto estaba cara al cielo. ¡Cadáver!… habría dicho Vildósola que le gustaban las palabras formales. Un reguero de hormigas le subía por la manga derecha y la hierba verde amarillenta del otoño le atrincheraba las orejas. El tipo debía estar en la cuarentena, bien vestido, con botones reventados por la caída tras el impacto de bala que le perforaba la frente. Separándola como el planeta en dos hemisferios. El cabo Godoy se sacudió las manos de las migajas de la empanada con que combatía el hambre de la madrugada.
– Pobres huevones, escupió su compañero de patrulla, – ¡Comunista, seguro!
– A estos maricones los están matándolos como piojos en sábanas de pensión. Godoy, resopló, empujado su gorra hacia atrás. ¡Qué mierda ser paco en país de dictadores, obedeciendo a hijos de puta, comiendo mal, culeando mal y escondiendo la sangre de los otros!
Si existía un Dios en este mundo era seguramente ciego y sordomudo. Se acuclilló y sacó una brizna de pasto de la nariz del difunto.
Las luces giratorias del patrullero perdían el brillo con la luz del amanecer. Ese fileteado de resplandor anaranjado que, en las noches sin nubes, sube calentando las espaldas de los Andes.
El faldeo de la quebrada empezó a iluminarse con la claridad vespertina.
¡Hay más cuerpos mi cabo! Gritó súbitamente Vildósola de pie en uno los bordes del acantilado, donde crecían unos matorrales de cabeza despeinada que manoteaban unos cactus de hoja ancha gris azulado.
Agaves azules, murmuró Godoy.
– ¡Mi cabo!, gritó de nuevo Vildósola – son varios y están sin zapatos. Godoy, hundió sus zapatos de suela gruesa en el ripio de piedras de la pendiente, bajando unos pasos, divisando bultos enredados en las matas, en posturas extrañas.
– Cinco más, mi cabo – vociferó Vildósola, visiblemente afectado por el hallazgo.
El cabo Godoy se inclinó sobre los cuerpos de rostros enterrados con manchas de sangre seca, al entremezclarse con los cuerpos de sus compañeros.
– Avise a la central Vildósola, masculló Godoy.
Sentado en una piedra alta, encendió un cigarrillo, el primero del día, no más de siete, se había prometido delante de un espejo trizado en un baño público. Aspiró lentamente la bocanada de tabaco rubio, que, a esa hora de la mañana, le calentaba la boca. Esto era vivir en un país de montañas. Amaneceres fríos y mediodías amarillos de calor seco. Que mierda morir así, en la mitad de la vida, con el cuerpo lleno de hormigas, anónimo en el silencio de la montaña. Qué era la vida entonces, casualidad seguramente. Vildósola volvió sentándose a su lado, resoplando como elefante bañándose en una poza de agua.
– Ya les avisé, mi cabo, gargarizó Vildósola. Agregando, ¡no los mataron aquí!
– Jefe, quizás dónde los enjabonaron con balas. Godoy, miró de soslayo la cara redonda de su subordinado. Supuso que de alguna manera el destino no existía, ahí sentados los dos al lado de un montón de cadáveres que castigaban el día con su presencia. Quienes fueron ellos en vida, nada que a la historia le importara y menos a policías como ellos.
Una hora después, el ruido de vehículos pesados se hizo sentir subiendo la pendiente disparando las piedras redondas del camino sin asfaltar. El pequeño cortejo militar se detuvo y un capitán de tenida de campaña saltó de uno de los transportes pesados, vociferando órdenes a soldados que se dispersaban por el faldeo.
– ¡Cabo! A su orden mi capitán. Contestó Godoy. ¡Ubicación de los occisos!
– Allá abajo mi capitán, número dijo éste, seis en total, ajustándose la gorra, uno aquí arriba y cinco abajo mi capitán.
– ¡Quién es usted! Exclamó el oficial.
– Carabinero Vildósola se presenta y a su orden mi capitán.
– ¿Tiene identificación?
– No mi capitán.
– ¿Cómo llegaron aquí?
– Nos perdimos en la cuesta la dormida, mi capitán.
– Pacos brutos. Siseó el oficial.
– ¡Cabo!
– A la orden, señor.
Esto es materia de seguridad nacional, ley de seguridad interior del Estado. A partir de ahora el ejército se hace cargo, – A su orden, – Se cuadró Godoy, juntando los talones estrepitosamente. Dio media vuelta, encarando a su subordinado, vociferó, misión terminada Vildósola.
El camino serpenteaba cuesta abajo. Manchones de sol y destellos cobrizos que se desprendían de los cerros, rodaban en ese fin de madrugada balanceándose en el aire, en el milenario baile de la luz y las sombras. Godoy sostenía el volante con firmeza, agaves azules murmuró el cabo.
Qué dice jefe, dijo Vildósola, forcejeando con la canana de su pistola de servicio, que le apretaba los riñones contra el borde del asiento. Godoy animado por la transparencia de la mañana.
– Los mejicanos usan los agaves azules para fabricar tequila, y aquí crecen por todos lados y nadie hace nada con ellos.
Vildósola pensativo mirando por la ventana del costado,
– ¿Esos son los cactus que tapaban los cuerpos, mi cabo?
– Así es.
– Estaban sin zapatos los pobres, algunos sin un calcetín. El otro bien puesto como juzgando con su apariencia, a aquel que había decidido desertar.
Godoy, moviendo la cabeza, agrega sabe usted mi amigo, hace unos años, me asignaron guardia en la embajada de Holanda, ahí trabajaba una cocinera rubicunda, con la cual nos amigamos. Me convidaba sopas al fin de cada guardia y nos besuqueábamos en salado, ya riendo. Sin embargo, en ese recinto, en una de las paredes, retumbaba un cuadro de caza, que mostraba varios animales colgados del techo de una cocina antigua. Entre ellos un ciervo joven apretado entre un cerdo negro y una liebre gorda de grandes orejas marrones. El cuello del hermoso animal se doblaba flácido con la cabeza apoyada en el mesón de madera gastada, en un extraño ángulo de muerte. Estos difuntos, me recordaron a esta obra de un holandés de nombre impronunciable.
– No se aflija mi cabo, ese montón de muertos, en algo andaban.
– Seguro. Dijo Godoy, andaban opinando. ¡Qué mierda es esto de ser policía!
– ¿Usted cree en Dios mi cabo? – Godoy se demoró en responder haciendo una mueca escupiendo por la ventanilla, la fe en este oficio se pierde, Vildósola.
– Yo, si creo mi cabo, en el culto, nos encontramos con Él.
– Dígale entonces de mi parte carabinero Vildósola, que hoy no lo vimos y que como arquitecto es una mierda, si se le ocurrió un mundo como este.
– Mi cabo, le doy su mensaje. Y verá que todo tiene una explicación.
Godoy con el brazo apoyado sobre la ventanilla izquierda aspiraba la brisa que fluía de sur a norte. El olor del asfalto ascendía hasta sus narices, las llantas emitían un zumbido sordo en el rodar del camino.
Unos pájaros grandes planeaban en la cumbre de los cerros.
Los dos policías agitaban sus manos en su interminable diálogo, en un presente que ya dejaba de serlo, como todo lo que se muere, respira o duerme.

